El legado de un ingeniero venezolano: Cómo el temblor de 1967 definió una vida de ética y fotografía
Por José L. Osuna
Cuando el terreno se hunde bajo nuestros pies, no solo se resquebrajan las paredes: se pone a prueba el carácter de quienes las erigieron. Este es el legado visual y moral de Raúl Osuna, un profesional que documentó la devastación del sismo caraqueño de hace medio siglo y dejó un ejemplo de integridad que resuena con fuerza mientras la nación atraviesa nuevas tragedias sísmicas.

La noche que definió un destino

La noche del 29 de julio de 1967, pasadas las ocho en punto, Caracas se estremeció. Raúl Osuna Ayala apenas cumplía 29 años y laboraba como inspector del Banco Obrero cuando la catástrofe lo sorprendió en Las Acacias, zona donde residía en el emblemático Edificio Miranda y donde también formó su mente en la Universidad Central de Venezuela.

“Esa noche, Raúl había bajado del edificio Miranda, donde vivía en ese momento y se estaba montando en el carro. Pensó que su gente se moría al ver cómo se movía todo”, recuerda su tío Saúl al colaborar en la reconstrucción de aquel infierno.
Un sismo de 6,5 en la escala de Richter borró del mapa estructuras de hasta doce plantas y arrebató 283 vidas, mientras que la cifra de lesionados y damnificados rozaba los dos mil afectados.

La ética como brújula profesional

Tras la catástrofe, su labor tomó un rumbo nuevo. Recorrió los sectores más golpeados —Los Palos Grandes, Altamira y La Guaira— para evaluar la integridad de las estructuras, incluyendo los severos daños registrados en el Hotel Macuto Sheraton.
Frente a las ruinas, comprendió que la reconstrucción no exigía únicamente cálculos estructurales, sino también principios inquebrantables. En una época donde los atajos corruptos parecían la norma, él eligió el camino recto. Su firma se convirtió en un sello de garantía que jamás aceptó vender, incluso cuando la falta de criterio en la construcción era una constante que él no pasaba por alto. Cada vez que circulábamos por la capital y detectaba una obra con grietas o desperfectos visibles, señalaba el lugar y nos advertía sobre el peligro de edificar sin responsabilidad alguna.

“Me pidió que le firmara ese informe para que le pagaran, y le dije que hasta que no terminara su trabajo no se lo iba a firmar”.
Nunca cedió la línea. El cargo de quien estuviera al otro lado no importaba y las amenazas personales no lo amedrentaron. Su compromiso, siempre inquebrantable, era triple: con su oficio, con su clan y con la patria.

Más allá de los planos: el ojo fotográfico

La ingeniería siempre fue su primer motor, pero no su única llama. La música lo seguía de cerca, y la fotografía —junto con el cine— encontró su espacio gracias a esa necesidad innata de registrar la realidad.
Su obsesión por dejar constancia de todo lo que veía lo llevó a adquirir sistemáticamente las cámaras y proyectores más modernos de la época. Esa vocación documental no solo archivó el estado de ruina de los edificios y la reconstrucción de la metrópoli, sino que también capturó la historia íntima de una familia. Imágenes que hoy rescatan la memoria de una generación y nos invitan a reflexionar sobre el valor de preservar nuestra herencia.

Un archivo que trasciende el tiempo

Hoy, cuando nuevos sacudones amenazan la tranquilidad venezolana, estas fotografías recuperan su vigencia. Lejos de ser simples recuerdos de archivo, funcionan como un llamado a la responsabilidad civil y a la construcción rigurosa, poniendo siempre a la gente en primer lugar.
La impronta de Raúl Osuna Ayala nos recuerda que el verdadero oficio se mide por la transparencia y el juramento con la verdad. Un padre, un profesional y un fotógrafo que supieron mirar el desastre sin perder la humanidad.